El “deseo”, concepto profundamente ligado al
psicoanálisis, puede ser definido, como un impulso psíquico, orientado a la
consecución del placer, y tendiente a evitar situaciones de displacer. Es
decir, que el deseo, se mueve según el eje placer/displacer.
Si pensamos en el origen del deseo, como surge en el
ser humano, según Freud, si tomamos el ejemplo de un recién nacido, en el
momento de ser amamantado o instantes antes, podemos decir que siente hambre.
El hambre, aparece vinculado con un estado de necesidad, necesidad de alimento.
Este hambre, determina que en el momento
que la madre, a la que denominaremos objeto, calma la necesidad,
es decir, le da el pecho al bebé, o la mamadera, por ejemplo, se constituye lo
que Freud llama “una experiencia de satisfacción”.
Esta “experiencia de satisfacción”, genera,
entonces, una “huella o imagen mnémica” que va a explicar lo que sucede
entre el sujeto (bebé) y el objeto (madre).
A esta altura, sería imposible diferenciar deseo de
necesidad, esta diferenciación se va a ir logrando paulatinamente, cuando a
partir de las primeras experiencias se constituyan estructuras: en términos de
deseo, en un primer momento, no se podría hablar de un inconsciente, así
tampoco de consciencia, ya que estamos hablando de un aparato psíquico en
gestación. Estamos tratando de analizar un proceso difícil de ubicar en el
tiempo de evolución del bebé, como un modelo de interpretación de los orígenes
del deseo: una vez que aparece nuevamente el estado de necesidad (en un segundo
momento), surge un impulso que tiende a la recarga (piénsenlo en términos
físicos, si les resulta más fácil), de aquella primera huella mnémica que antes
llamamos “experiencia de satisfacción”.
A esta recarga la llamaremos “alucinación”,
(percepción del sujeto), es decir, se tiende, a una percepción idéntica a
aquella que ocurrió la primera vez, en donde ha dejado su huella el objeto. En
otros términos, cuando reaparece el estado de necesidad, surge el impulso, pero
en determinado momento el impulso psíquico o deseo, no va a recargar totalmente
a la primitiva huella mnémica, por acción de lo que Freud denomina la
“capacidad inhibitoria del Yo”, lo que va a permitir, por ejemplo que el bebé
sea capaz de esperar la aparición del objeto-madre para alimentarlo (es decir,
se produce una suerte de desplazamiento de esa energía psíquica en movimiento
desde el interior, hacia el exterior, hacia aquello capaz de calmar la
necesidad. Se trata de abandonar entonces la carga de la experiencia primera de
satisfacción, orientándola hacia el medio externo).
Una vez que esto se desarrolle y esta capacidad de
inhibición del Yo se instale como censura, o como represión, entonces el deseo
va a permanecer en el lugar de lo inconsciente. La permanente insatisfacción
que vivimos nos lleva a seguir buscando el objeto, pero no se lo encuentra
nunca porque no existe, y si existió alguna vez, no sabemos qué fue. Esto
significa que se busca la primera satisfacción (lograda a través del objeto
primario o madre). Esta experiencia de satisfacción aparece generando la “huella mnémica”, que va a explicar lo que
sucede entre el sujeto y el objeto. Lo más cercano al objeto son las
representaciones del objeto (representaciones de la primera experiencia de
satisfacción, toda la información que ha entrado por la vía de los sentidos,
como datos respecto del objeto, que van a dejar una huella en el inconsciente) no
el objeto mismo.