viernes, 20 de septiembre de 2013

El deseo (Lic.Vilma Calcich)





El “deseo”, concepto profundamente ligado al psicoanálisis, puede ser definido, como un impulso psíquico, orientado a la consecución del placer, y tendiente a evitar situaciones de displacer. Es decir, que el deseo, se mueve según el eje placer/displacer.
Si pensamos en el origen del deseo, como surge en el ser humano, según Freud, si tomamos el ejemplo de un recién nacido, en el momento de ser amamantado o instantes antes, podemos decir que siente hambre. El hambre, aparece vinculado con un estado de necesidad, necesidad de alimento.  Este hambre, determina que en el momento que la madre, a la que denominaremos objeto, calma la necesidad, es decir, le da el pecho al bebé, o la mamadera, por ejemplo, se constituye lo que Freud llama “una experiencia de satisfacción”.
Esta “experiencia de satisfacción”, genera, entonces, una “huella o imagen mnémica” que va a explicar lo que sucede entre el sujeto (bebé) y el objeto (madre).
A esta altura, sería imposible diferenciar deseo de necesidad, esta diferenciación se va a ir logrando paulatinamente, cuando a partir de las primeras experiencias se constituyan estructuras: en términos de deseo, en un primer momento, no se podría hablar de un inconsciente, así tampoco de consciencia, ya que estamos hablando de un aparato psíquico en gestación. Estamos tratando de analizar un proceso difícil de ubicar en el tiempo de evolución del bebé, como un modelo de interpretación de los orígenes del deseo: una vez que aparece nuevamente el estado de necesidad (en un segundo momento), surge un impulso que tiende a la recarga (piénsenlo en términos físicos, si les resulta más fácil), de aquella primera huella mnémica que antes llamamos “experiencia de satisfacción”.
A esta recarga la llamaremos “alucinación”, (percepción del sujeto), es decir, se tiende, a una percepción idéntica a aquella que ocurrió la primera vez, en donde ha dejado su huella el objeto. En otros términos, cuando reaparece el estado de necesidad, surge el impulso, pero en determinado momento el impulso psíquico o deseo, no va a recargar totalmente a la primitiva huella mnémica, por acción de lo que Freud denomina la “capacidad inhibitoria del Yo”, lo que va a permitir, por ejemplo que el bebé sea capaz de esperar la aparición del objeto-madre para alimentarlo (es decir, se produce una suerte de desplazamiento de esa energía psíquica en movimiento desde el interior, hacia el exterior, hacia aquello capaz de calmar la necesidad. Se trata de abandonar entonces la carga de la experiencia primera de satisfacción, orientándola hacia el medio externo).
Una vez que esto se desarrolle y esta capacidad de inhibición del Yo se instale como censura, o como represión, entonces el deseo va a permanecer en el lugar de lo inconsciente. La permanente insatisfacción que vivimos nos lleva a seguir buscando el objeto, pero no se lo encuentra nunca porque no existe, y si existió alguna vez, no sabemos qué fue. Esto significa que se busca la primera satisfacción (lograda a través del objeto primario o madre). Esta experiencia de satisfacción aparece generando la  “huella mnémica”, que va a explicar lo que sucede entre el sujeto y el objeto. Lo más cercano al objeto son las representaciones del objeto (representaciones de la primera experiencia de satisfacción, toda la información que ha entrado por la vía de los sentidos, como datos respecto del objeto, que van a dejar una huella en el inconsciente) no el objeto mismo.


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