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Adolfo Vásquez Rocca [*]
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Resumen
El
presente trabajo intenta, a partir de la revisión de las obras fundamentales de
Jean Baudrillard, dar cuenta del origen de la personalidad narcisista, que no
conoce límites entre ella misma y el mundo que exige la gratificación inmediata
de sus deseos, así como la erosión de la vida intima tenida lugar en la
sociedad del espectáculo. El American way of life aparecerá
caracterizado como el imperio de la seducción y de la obsolescencia decretada;
un sistema que rinde culto al fetiche de la mercancía y la pornografía de la
información. Finalmente, se buscará dar cuenta de cómo el consumo no es,
en absoluto, la base sobre la que descansa el progreso, sino más bien la barrera
que lo estanca o, al menos, lo lanza en la dirección contraria a la de la
mejora de las relaciones sociales.
Palabras claves:
Seducción;
narcisismo; alteridad; imagen; espectáculo, consumo; obsolesencia.
Narcisismo y transformación de la
vida pública
¿Cuál es en última instancia el
entramado ideológico del sistema de los objetos? ¿Qué ideario encarna este
sistema cuyos principios son la caducidad y la obsolescencia —el imperativo de
la novedad—, la ley del ciclo y otros automatismos semejantes? Baudrillard
dirá que son dos: el principio personalizador, que se articula como
democratización del consumo de modelos por la vía de la serialidad y la ética
novedosa del crédito y la acumulación no productiva. Hoy el glamour de las
mercancías aparece como nuestro paisaje natural, allí nos reconocemos y nos
encontramos con «nosotros mismos», con nuestros ensueños de poder y ubicuidad,
con nuestras obsesiones y delirios, con los desperdicios psíquicos en el
escaparate de la publicidad —verdadero espejo que nos devuelve nuestra imagen
deformada— una verdadera summa espiritual de nuestra civilización, el
repertorio ideológico de la desinhibición.
El carácter distintivo del American
way of life, de la última sociedad primitiva contemporánea se escenifica en las
formas del distanciamiento, en el paisaje, en los grandes desiertos y
carreteras de ese país que deja entrever una profunda soledad, las
inclinaciones thanáticas que yacen bajo el optimismo americano; la decrepitud
del capitalismo tardío en la tierra de las oportunidades, del american dream
convertido en el insomnio incontenible de la banalidad y la indiferencia; los
Estados Unidos han realizado la desterritorialización de la identidad, la
diseminación del sujeto y la neutralización de todos los valores y, si se
quiere, la muerte de la cultura bajo el régimen de la mortandad de los objetos.
En este sentido es una cultura ingenua y primitiva, no conoce la ironía, no se
distancia de sí misma, no ironiza sobre el futuro ni sobre su destino; ella
sólo actúa y materializa su política de Estado. Norteamérica realiza así sus
sueños y sus pesadillas.
La identidad prefabricada
Vivimos en un universo frío, la
calidez seductora, la pasión de un mundo encantado es sustituida por el éxtasis
de las imágenes, por la pornografía de la información, por la frialdad obscena
de un mundo desencantado. Ya no por el drama de la alienación, sino por la
hipertrofia de la comunicación que, paradojalmente, acaba con toda mirada o,
como dirá Baudrillard[1], con toda imagen[2] y, por cierto, con todo reconocimiento.
El desafío de la diferencia, que
constituye al sujeto especularmente, siempre a partir de un otro que nos seduce
o al que seducimos, al que miramos y por el que somos vistos, hace que el
solitario voyeurista ocupe el lugar del antiguo seductor apasionado. Somos, en
este sentido, ser para otros y no sólo por la teatralidad propia de la vida
social, sino porque la mirada del otro nos constituye, en ella y por ella nos
reconocemos. La constitución de nuestra identidad tiene lugar desde la
alteridad, desde la mirada del otro que me objetiva, que me convierte en
espectáculo. Ante él estoy en escena, experimentando las tortuosas exigencias
de la teatralidad de la vida social. Lo característico de la frivolidad es la
ausencia de esencia, de peso, de centralidad en toda la realidad, y por tanto,
la reducción de todo lo real a mera apariencia.
El éxito de la identidad
prefabricada radica en que cada uno la diseña de acuerdo con lo que
previsiblemente triunfa –los valores en alza[3]–.
La moda, pues, no es sino un diseño utilitarista de la propia personalidad, sin
profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la cual cada uno se
convierte en empresario de su propia apariencia.
Efectos de desaparición
La fragmentación de las imágenes
construye una estética abstracta y laberíntica, en el que cada fragmento opera
independiente pero, a su vez, queda encadenado al continuo temporal de un
instante narrativo único. Podemos retener el mundo entero en nuestras cabezas.
La aceleración y los estados
alterados de la mente. Los psicotrópicos. La representación electrónica de la
mente en la cartografía del hipertexto. Las autopistas de la información, donde
todo acontece sin tener siquiera que partir ni viajar. Es la era de la llegada
generalizada, de la telepresencia, de la cibermuerte y el asesinato de la
realidad. El mundo como una gran cámara de vacío y de descompresión. Como la
ralentización de la exuberancia del mundo.
Imágenes de la gran urbe,
fragmentos de los últimos gestos humanos reconocibles. Los sujetos indiferentes
a la presencia de la cámara se mueven según el ritmo de sus propios
pensamientos.
Imágenes en movimiento: la estación
del Metro de Tokio, súper-carreteras, aviones supersónicos, televisores de
cristal líquido, nano-ordenadores, y otros tantos accesorios que nos implantan
una aceleración a la manera de otras tantas prótesis tecnológicas. Es la era
del cyber-reflejo condicionado, del vértigo de la cibermúsica, de los fundidos
del inconsciente en una lluvia de imágenes digitales, vértigo espasmódico de
señales que se encienden y apagan, del gesto televisivo, vértigo espasmódico de
señales que se encienden y se apagan, del gesto neurótico y ansioso del zapping
o el molesto corte del semáforo en las esquinas que parasitan el sistema de
interrupciones artificiales y alimentan nuestra dependencia de los efectos
especiales.
La sociedad del espectáculo
La moda ha contribuido también a la
construcción del paraíso del capitalismo hegemónico. Sin duda, capitalismo y
moda se retroalimentan[4].
Ambos son el motor del deseo que se expresa y satisface consumiendo; ambos
ponen en acción emociones y pasiones muy particulares, como la atracción por el
lujo, por el exceso y la seducción. Ninguno de los dos conoce el reposo,
avanzan según un movimiento cíclico no-racional, que no supone un progreso. En
palabras de J. Baudrillard: “No hay un progreso continuo en esos ámbitos: la
moda es arbitraria, pasajera, cíclica y no añade nada a las cualidades
intrínsecas del individuo”[5].
Del mismo modo es para él el consumo un proceso social no racional. La voluntad
se ejerce –está casi obligada a ejercerse– solamente en forma de deseo,
clausurando otras dimensiones que abocan al reposo, como son la creación, la
aceptación y la contemplación. Tanto la moda como el capitalismo producen un
ser humano excitado, aspecto característico del diseño de la personalidad en
sociedad del espectáculo.
La sociedad de consumo supone la
programación de lo cotidiano; manipula y determina la vida individual y social
en todos sus intersticios; todo se transforma en artificio e ilusión al
servicio del imaginario capitalista y de los intereses de las clases
dominantes. El imperio de la seducción y de la obsolescencia; el sistema
fetichista de la apariencia y alienación generalizada[6].
El juego de las apariencias
La tesis de Baudrillard es que la
peor de las alienaciones no es ser despojado por el otro, sino estar despojado
del otro; es tener que producir al otro en su ausencia y, por lo tanto,
enviarlo a uno mismo. Si en la actualidad estamos condenados a nuestra imagen,
no es a causa de la alienación, sino de su fin, es decir, de la virtual
desaparición del otro, que es una fatalidad mucho peor.
Ver y ser vistos, esa parece ser la
consigna en el juego translúcido de la frivolidad. El así llamado momento del
espejo, precisamente, es el resultado del desdoblamiento de la mirada, y de la
simultánea conciencia de ver y ser visto, ser sujeto de la mirada de otro[7], y tratar de anticipar la mirada ajena en
el espejo, ajustarse para el encuentro. La mirada, la sensibilidad visual
dirigida, se construye desde esta autoconciencia corpórea, y de ella, a la vez,
surge el arte, la imagen que intenta traducir esta experiencia sensorial y
apelar a la sensibilidad en su receptor.
Nuestra soledad demanda un espejo
simbólico en el que poder reencontrar a los otros desde nuestro interior.
Buscamos en el espejo la unidad de una imagen a la que sólo llevamos nuestra
fragmentación.
Con estupor tomamos las últimas
fotografías posibles, un patético modo de certificar la experiencia o de
convertirla en colección. Pareciera que la fotografía quiere jugar este juego
vertiginoso, liberar a lo real de su principio de realidad, liberar al otro del
principio de identidad y arrojarlo a la extrañeza. Más allá de la semejanza y
de la significación forzada, más allá del "momento Kodak", la
reversibilidad es esta oscilación entre la identidad y el extrañamiento que
abre el espacio de la ilusión estética, la des-realización del mundo, su
provisional puesta entre paréntesis.
Como en La invención de Morel[8] donde un aparato reproduce la vida
(absorbiendo las almas) en forma de réplica, en forma de mera proyección. Los
Stones como souvenir de sí mismos proyectados en el telón del escenario
giratorio. La envidiable decreptitud de Mick Jagger con una delgadez mezquina y
ominosa, como si fuera su propia narcótica reliquia.
Los rostros del otro, rostros
distantes a pesar de su cercanía, ausentes a pesar de su presencia, los miramos
sin que ellos nos devuelvan la mirada. La alteridad no es más que un espectro,
fascinados contemplamos el espectáculo de su ausencia. Tal vez los Stones estén
muertos y nadie lo sepa. Tal vez sea una banda sustituta la que por enésima vez
sacuda el mundo cuando comience su nueva gira por las ciudades de la Gran Babilonia.
Disney World y el principio de realidad
Vivimos en un universo extrañamente
parecido al original -las cosas aparecen replicadas por su propia
escenificación -señala Baudrillard[9]. Como Disney World que es un
modelo perfecto de todos los órdenes de simulacros. En principio es un juego de
ilusiones y de fantasmas: los Piratas, la Frontera , el Mundo Futuro, etcétera. Se cree a
menudo que este 'mundo imaginario' es la causa del éxito de Disney, pero lo que
atrae a las multitudes es, sin duda y sobre todo, el microcosmos social, el
goce religioso, en miniatura, de la
América real, la perfecta escenificación de los propios
placeres y contrariedades. La única fantasmagoría en este mundo imaginario
proviene de la ternura y calor que las masas emanan y del excesivo número de
dispositivos aptos para mantener el efecto multitudinario. El contraste con la
soledad absoluta del parking —auténtico campo de concentración—, es total. O,
mejor: dentro, todo un abanico de 'gadgets' magnetiza a la multitud
canalizándola en flujos dirigidos; fuera, la soledad, dirigida hacia un solo
dispositivo, el “verdadero”, el automóvil. Por una extraña coincidencia (aunque
sin duda tiene que ver con el embrujo propio de semejante universo), este mundo
infantil congelado resulta haber sido concebido y realizado por un hombre hoy
congelado también: Walt Disney, quien espera su resurrección arropado por 180
grados centígrados. De cualquier modo es aquí donde se dibuja el perfil
objetivo de América, incluso en la morfología de los individuos y de la
multitud. Todos los valores son allí exaltados por la miniatura y el dibujo
animado. Embalsamados y pacificados. De ahí la posibilidad de un análisis
ideológico de Disney: núcleo del “american way of life”, panegírico de
los valores americanos, etc., trasposición idealizada, en fin, de una realidad
contradictoria. Pero todo esto oculta una simulación de tercer orden: Disney
existe para ocultar qué es el país “real”, toda la América “real”, una
Disneylandia (al modo como las prisiones existen para ocultar la “lacra” que es
todo lo social en su banal omnipresencia, reduciéndolo a lo estrictamente carcelario).
Disneylandia es presentada como imaginaria con la finalidad de hacer creer que
el resto es real, mientras que cuanto la rodea, Los Ángeles, América entera, no
es ya real, sino perteneciente al orden de lo hiperreal y de la simulación. No
se trata de una interpretación falsa de la realidad (como la ideología), sino
de ocultar que la realidad ya no es la realidad y, por tanto, de salvar el
principio de realidad.
Sería un error minimizar la
relación entre estos fenómenos y el origen de la personalidad narcisista, que
no conoce límites entre ella misma y el mundo que exige la gratificación
inmediata de sus deseos, así como la erosión de la vida intima tenida lugar a
través de la relaciones sociales que se tratan como pretextos para la expresión
de la propia personalidad. La transformación de la vida pública en un ámbito
donde “la persona puede escapar a las cargas de la vida familiar idealizada...
mediante un tipo especial de experiencia, entre extraños o, más importante aún,
entre personas destinadas a permanecer siempre como extraños”, y donde una
silenciosa y pasiva masa de espectadores observa la extravagante expresión de
la personalidad de unos pocos en la “sociedad del espectáculo”, donde los
medios de “comunicación” nos escamotean y disuelven el presente con las
fanfarrias del último estelar televisivo.
La construcción del sentido social
se desplaza del espacio de la política, hacia un mundo que no tiene historia,
sólo pantalla. Son las nuevas formas de producción, las de un nuevo universo
simbólico en donde se resignifican las viejas utopías mediante un proceso de
descontextualización que las convierte en imágenes sin historia; en mercancías.
En esos mismos medios de
comunicación se desplazan hoy los actores políticos jugando su rol hegemónico en
la construcción de sentido en tanto perpetran el secuestro de nuestra moral. La
fe pública violada ha creado las condiciones para el desprestigio de lo
político y con ello el de nuestras instituciones, qué puede extrañar entonces
del robo hormiga de las grandes transnacionales, la extorsión
«irrepresentable», sólo cognoscible por medio de una compleja organización
multinacional articulada según un modelo gansteril. Nuestra vida cotidiana esta
así signada por las abusivas relaciones mercantiles que experimentan una
creciente densidad así como una significativa disminución de las relaciones
interpersonales sin fines de lucro.
Pese a todo, incluso la
personalidad de las celebridades esta sujeta a los procesos de obsolescencia y
caducidad, al fenómeno postmoderno de la «sacralidad impersonal». La
obsolescencia de los objetos se corresponde con la de los rock stars y gurús
intelectuales; con la multiplicación y aceleración en la rotación de las
«celebridades», para que ninguna pueda erigirse en “ídolo personalizado y
canónico”. El exceso de imágenes, el entusiasmo pasajero, determinan que cada
vez haya más “estrellas” y menos inversión emocional en ellas, los revival son
fenómenos de “nostalgia decretada” ideadas como estrategias de marketing por
algún ejecutivo de una compañía multimedia.
Maś allá de la “sociedad del
espectáculo”[10]
y “el imperio de lo efímero” se instala la “norma de consumo” en el plano de
las necesidades sociales, también gobernadas por dos mercancías básicas: la
vivienda estandarizada, lugar privilegiado de consumo, y el automóvil como
medio de transporte compatible con la separación entre el hogar y el sitio de trabajo.
Ambas mercancías —y en especial, desde luego, el automóvil— fueron sometidas a
la producción masiva y la adquisición de ambas exige una «amplia socialización
de las finanzas» bajo la forma de nuevas o ampliadas facilidades de crédito
(compra a plazos, créditos, hipotecas, etc.). Más aún, las dos mercancías
básicas del proceso de consumo masivo crearon complementariedades (crédito
hipotecario y automotriz) que producen una gigantesca expansión de las
mercancías, apoyada por una diversificación sistemática de los valores de uso.
El individuo se ve obligado a elegir permanentemente, a tomar la iniciativa, a
informarse, a probarse, a permanecer joven, a deliberar acerca de los actos más
sencillos: qué automóvil comprar, qué película ver, qué libro leer, qué régimen
o terapia seguir. El consumo obliga a hacerse cargo de sí mismo, nos hace
“responsables”, se trata así de un sistema de participación ineludible[11].
El régimen de la mortandad de los
objetos
El dispositivo que activa este
sistema de “obsolescencia acelerada” —que impera a consumir compulsivamente—
consiste en convencer al consumidor que necesita un producto nuevo antes que el
que ya tiene agote su vida útil y funcionalidades. Ésta es una de las tareas de
los diseñadores: acelerar la obsolescencia. A este respecto el automóvil ha
sido un caso paradigmático de las obsolescencias decretadas del estilo,
asociadas a las imágenes de prestigio y estatus que le rodean.
Así, el propósito es hacer que el
cliente este descontento con su actual automóvil, su cocina, sus pantalones,
etc., porque esta “pasado de moda”. Ya no debe esperarse que las cosas se
acaben lentamente. Las sustituimos por otras que si bien no son,
necesariamente, más efectivas, son más atractivas. Pese a todo es difícil
discernir la frontera entre progreso técnico real y obsolescencia del diseño y
—más aún— sustraerse al influjo de estos condicionamientos.
Siempre los objetos han llevado la
huella de la presencia humana[12], pero ahora no son sus funciones
primarias (el cuerpo, los gestos, su energía...) las que se imponen sino las
superestructuras las que se dejan sentir. Así, el objeto automatizado
representa a la conciencia humana en su autonomía, su voluntad de control y
dominio. Ese poder va más allá de la prosaica funcionalidad —y de eso saben
mucho los vendedores de automóviles—. El objeto es irracionalmente complicado,
se llena de detalles superfluos y viaja en su juego de significaciones mucho
más allá de sus determinaciones objetivas.
El automóvil es un signo de poder,
de refugio, una proyección fálica y narcisista, que —según Baudrillard—
reúne “la abstracción de todo fin práctico en la velocidad, el prestigio, la
connotación formal, la connotación técnica, la diferenciación forzada, la
inversión apasionada y la proyección fantasmagórica”[13].10
El ejemplo del automóvil es
paradigmático. A éste muy rápidamente se le sobrecargó de funciones
parasitarias de prestigio, de confort, de proyección (fálica) inconsciente...
que frenaron y después bloquearon su función de síntesis humana[14].
El consumo, como se ve, no es la
base sobre la que descansa el progreso, sino más bien la barrera que lo estanca
o, al menos, lo lanza en la dirección contraria a la de la mejora de las
relaciones sociales. El espíritu que realmente funciona es el de la fragilidad
de lo efímero, una compulsión que se debate de forma recurrente entre la
satisfacción y la decepción y que permite ocultar los verdaderos conflictos que
afectan a la sociedad y al individuo.
Aspectos “mitológicos” y
nemotecnia del consumo; la acumulación y el derroche
Baudrillard habla[15] de un gran happening colectivo dominado
por el espectáculo de la mortalidad impuesta y organizada de los objetos, por
su artificial obsolescencia, pero sabe que esa imposición no es sólo una
consecuencia del orden de producción capitalista. Es difícil saber qué género
de instinto de muerte del grupo, qué voluntad regresiva domina todo ese
ceremonial que, bien pensado, recuerda a ciertas ceremonias salvajes como la
del potlach. Potlach es una práctica antes que un concepto, parte de un
lenguaje perdido en la
Historia , pero aun vivo en ciertos ritos modernos: el sexo,
el banquete y la embriaguez de la danza, «donde se ve que la dispersión no va
hacia el sin sentido, sino que es una modalidad de encuentro con el sentido que
pasa a través de la pérdida de centralidad del sujeto». Una economía ya no
basada en la acumulación sino en el derroche, en el goce de lo producido.
Nuestras sociedades viven de la acumulación de lo que producen, vigilan este
excedente de forma celosa. En cambio, cuando se habla de Potlach nos referimos
a los experimentos históricos basados en el gasto improductivo, al disfrute y
la prodigalidad.
Finalmente nos resta por analizar
el aspecto «mitológico» del capital y la sacralización de sus productos más
emblemáticos: la Coca Cola ,
el Cadillac, los Mac Donald's. Los aspectos ideológicos del consumo rebasan los
límites de la organización política para instalarse en el inconsciente
colectivo y los usos rituales de una población. Se busca implantar sobre bases
afectivas y nemotécnicas un nuevo y particular ethos, una forma de ir por el
mundo, ya no como recolector o cazador, ni siquiera como consumidor, sino como
el agente del desperdicio, carácter que surge sólo desde la conciencia de la
prosperidad, la abundancia y el lujo.
Para estimular el flujo de la
mercancía, a través del desperdicio y el derroche, entendida éste como clave de
la prosperidad futura del mercado, se opera en varias direcciones. Primeramente
—en el plano ideológico— contra el pensamiento orientado al ahorro, mentalidad
difícil de desarraigar ya que corresponde a una práctica ancestral de la
humanidad, la de precaverse para el desconocido y con frecuencia temido día de
la escasez[16].
Por otra parte está la vertiente
sentimental y poética del diseño, que se corresponde con una novedad
metodológica importante, la apelación a la memoria emotiva. La vertiente
sentimental de la mercadotecnia se refiere a la persistencia aún en los nuevos
productos de un elemento visual implícito que marque una filiación con el
pasado, asegurando la continuidad histórica en la espesa trabazón de los
objetos. Casi sin excepción los nuevos diseños incluyen un ingrediente que los
especialistas denominan «forma sobreviviente». Deliberadamente se incorpora al
producto un detalle evocador que recordará a los usuarios un artículo similar,
de uso semejante, tenido en una buena tarde o un feliz verano. La gente
aceptará más fácilmente algo nuevo, sostienen los expertos en innovación, si
reconocen en ello algo que surge “orgánicamente” del pasado. Al incluir un
patrón familiar en una forma nueva, sea o no radical, se podrá hacer aceptable
aún lo más inusitado, productos y usos que de otro modo rechazarían.
Esta es una de las causas del amor
disfuncional que le profesamos a los objetos, aquel que los abraza a la vez que
los rechaza. La misma dualidad entre coleccionismo y desperdicio da cuenta de
esta ambivalencia.
Por una parte está el individuo que
colecciona desde sellos de correos hasta alfombras persas, y se siente así
impulsado a «realizarse» en el placer que supone la posesión de un conjunto de
objetos, donde la idea misma de colección está directamente vinculada a la
posesión —no funcional— por encima de la necesidad, es decir, a la riqueza y
por otra las maneras de «usar» el excedente como desperdicio. Aquí es posible
identificar otra forma de mitología, la de ciertas lógicas capitalistas, según
la cual a épocas de prosperidad, cuando la economía se expande y el crecimiento
del producto es sostenido, le debiera seguir o suceder tiempos donde el
beneficio —en razón de los excedentes— alcance a toda la población, incluso a
la más desfavorecida, esto de acuerdo a la conocida estrategia de «crecimiento
y chorreo» que dominó el «paraíso» neoliberal del Chile de los 80'. Pero en
realidad esto nunca sucedió, en su lugar advino la acumulación —incluso— del
excedente; nuevas formas de codicia y de fraude fiscal terminaron por ahogar
esta promesa escatológica del libre mercado.
Como homenaje a Jean Baudrillard
(a una semana de su sensible fallecimiento)
marzo de 2007
(a una semana de su sensible fallecimiento)
marzo de 2007
[*] Adolfo Vásquez
Rocca es Doctor en Filosofía por la Pontificia Universidad
Católica de Valparaíso y ha cursado estudios de Postgrado en la Universidad Complutense
de Madrid.
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